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Homilía del P. Juan Carlos Pizarro en misa fúnebre de su madre, Sra. Rosa Acuña.

Desde el día domingo en la tarde vengo dando vueltas a este momento, a estas palabras, y creo que junto a mis hermanos aquí presentes brota un sentimiento de gratitud a tantos hermanos y hermanas que desde ese día e incluso de mucho antes, nos han acompañado en la enfermedad de la mamá, pero ahora acompañan en su pascua.

El evangelio nos decía que los discípulos estaban ahí compartiendo todo lo que había pasado con el Señor y el domingo nosotros hicimos eso: nos juntamos como familia a compartir la alegría del Señor resucitado, hemos participado de la misa, del  almuerzo, un compartir y debo decir que los que conocieron bien a mi mamá, saben que no le gustaban mucho las misas largas,  (no era mucho de misas), y decía claramente “usted es el cura, yo no”, pero compartía, y el domingo compartimos. Estuvimos juntos, nos abrazamos y luego nos despedimos porque yo tenia que ir a una misa, pero compartimos al Señor Resucitado, compartimos la alegría de la Resurrección.

Ella se alegraba mucho en la Pascua de Resurrección porque le llegaban huevitos, y como buena diabética, sabía que el día de Resurrección los podía comer, y esperaba este día.  Curiosamente, en 15 años que tengo de sacerdote, nunca fue a compartir la Pascua de Resurrección, sino que el día lunes celebrábamos, “tiene tantas cosas que hacer que yo no lo puedo estar molestando”, decía. Pero este año no sé que pasó, mis hermanos lo saben, mis tíos lo saben y los que estuvieron ahí saben “vamos a almorzar” dijo, y curiosamente el Señor se encargó de preparar todo lo que nos tocó vivir durante estos días, era la antesala de la resurrección, no la resurrección del Señor porque Él ya había resucitado y estaba con nosotros, era la antesala de la resurrección de mi mamá.

Para nosotros, mis hermanos, mis tíos, ha sido el consuelo más grande que hemos tenido durante estos días, que Dios se encargó de preparar su camino hacia la pascua, Dios se encargo de preparar su camino a la casa del Padre y Dios se encargó de preparar todo esto que hemos ido viviendo, y eso nos da la tranquilidad y el consuelo de que no nos cabe duda que hoy esta gozando para siempre de la dicha de Dios.

Los que tuvieron la gracia de conocerla sabían muy bien que era una vieja de lujo, de tomo y lomo, sin pelos en la lengua. Me acuerdo cuando Mons. Ducasse -hace muchos años atrás- se acercó a saludarla cuando iba entrando al seminario y le dice “que alegría que va a tener un hijo que va a ser sacerdote” y ella le contesta “para usted será alegría, para mí no, porque yo me voy a quedar sola”. Y así un sin número de anécdotas que nosotros compartimos en estos días y que decíamos “ella era ella”, ella tenía su tiempo, su momento, lo decía y las tiraba sin tener nada que ver y después se quedaba tan tranquila. Nosotros decíamos “dejó la embarra y se quedó tranquilita”, y aprendimos a quererla y amarla desde esa perspectiva, y el que no la quería y amaba desde esa perspectiva es porque no la conoció.

Cuando quería mandar a la punta del cerro a alguien no tenía ni un tapujo, al contrario, pero mujer más buena, y no es porque sea mi mamá, lo era. Siempre que uno llegaba a la casa encontraba gente extraña, nos reíamos y decíamos “y este quién es” y ella decía

- Andaba vendiendo y le dimos algo…

- ¿Pero usted lo conoce?

- No, pero si andaba vendiendo cosas y yo le compré y quise compartir con el una cosita…

Ella se creía todos los cuentos de tío, todas las pitanzas que le hacían, y nosotros la retábamos una y otra vez diciéndole “mamá, no dé información”… ella contaba porque no entendía. Nosotros sabíamos que no entendía porque era tan inocente en sus cosas, una persona que no era letrada pero tenía la sabiduría de la vida, algo que uno aunque tenga los conocimientos no lo entiende.

Eso es lo que nosotros hoy rescatamos de la Juana Rosa como le decían mis tíos, no nos cabe duda que hoy día la Juana esta gozando con la mama Emilia, le estará contando como era ella, porque era buena para hablar, a pesar que no pareciera, la sentábamos en la micro y al rato iba conversando con la señora de al lado como si fueran grandes amigas. Así muchos de ustedes la fueron conociendo, en el camino por una conversación y se hicieron grandes amigos. Lo hemos experimentado en estos días por sus amigas que la acompañaron en su pascua y las escuchábamos decir “la Juana no tenía que morirse, teníamos que morirnos nosotras primero”…¡porque cuál de todas con mas achaques!, porque con muchas se conoció en el hospital y había que acompañarla, sus amigas se enfermaban y había que ir a verlas también.

Así fue ella, realmente nos sentimos orgullosos, pudimos disfrutarla por montones, y sabemos que se fue con un exceso de amor que hizo que su corazón se inflamara de tal manera que la llevara a estos infartos. Este exceso de amor que hizo que su corazón fuera tan grande para querer a muchas personas.

Yo debo confesar que muchas veces a mi me retaba porque era pesado “tan apático que es usted con la gente” me decía, y era la verdad. Pero ella era diferente, como mi hermano Lalo aquí presente que es igual a ella, comparte y se ríe con medio mundo, es igual a ella, pero como dicen que dos polos opuestos se repelen, pucha que peleaban, ese matrimonio pucha que era pesado, si no cuántas veces recibió cuanto bastonazo en la vida, nadie ha recibido tantos bastonazos como él, porque cuando ya se colmaba la paciencia, mi mamá le pegaba un bastonazo y lo mandaba a la punta del cerro, es verdad.

Pero aun así la amábamos y siempre tuvo espacio para todos. Se preocupaba de todos y preguntaba por todos, yo le decía “usted no sale de la casa y se entera de todas las copuchas del pueblo”, yo todavía no sabía que había un accidente en Mallarauco y me llamaba diciéndome “¿supo que hubo un accidente en Mallarauco?”, y así había sido. Yo le decía “si usted no sale, ¿cómo se entera?” “es que me llamó una amiga suya”, “es que lo vi por la tele” o “lo escuché por la radio”, así era.

Ese corazón era tan grande que si yo no venía el día lunes o el martes, ella pataleaba hasta más no poder. ¿Cuál era la opción para no venir?, que hubiera un difunto, un difunto siempre era una causa de “tiene que cumplir con su trabajo”, “hágalo no más”, pero ¿qué es lo que decía primero? “no va a dejar ni uno vivo en el pueblo”. Los muertos eran motivo de no salir de la casa y quedarse en la parroquia, descansar un poco más y no venir a San Antonio, porque ella sabía que realmente a un difunto había que atenderlo, acompañarlo y encaminarlo a la casa de Dios.

Hoy día estamos haciendo eso, hoy día está recibiendo lo que ella tanto hizo por muchos, y yo les agradezco en el alma, junto con mis hermanos, estas palabras del evangelio y de las lecturas, realmente han sido motivo de esperanza durante todos estos días, porque sabemos que donde hoy está, está bien, está junto con la mama Emilia, con el tata Jorge, esta junto al tata Sacarías, como decía ella “mi abuelo Sacarías”, “mi abuela Rosa Elvira”, ahí esta ella, estará compartiendo con Sergio su hermano tan amado igual que cada uno de ustedes, estará compartiendo con el tío Segundo (curiosamente su primer infarto lo recibió frente a la casa del tío Segundo), las cosas de Dios queridos hermanos, las cosas de Dios.

Yo realmente estoy agradecido, una cantidad de gente que nos ha acompañado estos días, esos días que estuvimos en el hospital y que hicimos una morada nosotros, pero agradezco a mis hermanos sacerdotes, a cada uno de los que pasaron por ahí, a cada uno de los que estuvieron, los que nos contaban chistes para alegrarnos las tardes, las noches, los que nos llevaban agua caliente, los que nos llevaban un quequito de la Pascua de Resurrección, los que nos llevaban sándwiches para pasar un rato más, se los agradezco tanto, y me acordaba solamente de las palabras del padre César “hasta el último la Juanita fue genio y figura”.

Pasaron muchos hermanos sacerdotes que le dieron la unción y yo se los agradezco en el alma, pasaron muchos hermanos curas que rezaron por ella, pero ella esperó a don Cristián y dijo el padre César: “bien a huevo miraba a los curas tu mamá, esperó al obispo para que la ungiera y ahí partió a la casa de Dios”. Gracias don Cristián por haber ido y habernos acompañado, gracias, gracias a mis hermanos sacerdotes por habernos acompañado estos días, gracias a tantos que han rezado durante todos estos días por nosotros, gracias por acompañarnos hoy en la pascua de la mamá, para nosotros es algo tan valioso, es impagable.

Agradecer a cada una de las comunidades: Santa Rosa de Chena, Padre Hurtado, Talagante, Peñaflor, Isla de Maipo, San Pedro, Mallarauco, Bollenar y ahora mi comunidad de Chocalán nos han acompañado en la oración, nos han acompañado en las plegarias, nos han acompañado en estar, para nosotros eso es realmente impagable, la presencia ya era mucho, yo creo que ni siquiera algunos la conocieron pero nos han acompañado durante todos estos días y eso para nosotros es motivo de esperanza y de paz. Yo debo decir que lo que sembró mi mamá en esta vida realmente en estos días lo ha cosechado con creces y sabemos que Dios le estará dando el descanso. Me decía por ahí un sacerdote “su mamá tenía una pieza en el cielo”, no me cabe duda que le tenía la mejor pieza porque se lo merecía. Sufrió tanto en esta vida y todos lo sabemos, sabemos su historia pero el Señor en estos últimos días le dio tantos gozos, le dio el gozo de tener una familia de lujo, gracias a cada uno de mis tíos por todos estos días desde el momento del infarto hasta ahora se sacaron los pies del plato para tenerlo preparado todo para ella, gran parte de la gente que nos ha acompañado se iban felices con esos consomés de la noche y de la tarde, gracias tíos, a mis primos que cada uno fue poniendo de lo suyo para que todo estuviera dispuesto, a mis hermanos que durante estos días estuvieron acompañando, animando, guiando, Joselo, cuantas veces no le preparaste a mi mamá lo que siempre esperaba: “pescadito”, ella era feliz con el pescado frito que él le hacía; Lalo, el cielo lo tienes ganado y tu lo sabes, si había un albacea ahí esta el mejor albacea, el que le aguantó las rabietas, las peleas, todo, el ahí estaba; Rosita, gracias por todo el cariño que le entregaste a la mamá, ahora seguimos acompañándote a ti con tu mamá. Me decía la señora Rosa el otro día “yo tengo noventa y tantos años, Padre, tenía que haber partido yo primero”, pero no es así, Dios no hace eso, Dios quiere otra cosa.

Gracias a cada uno de ustedes, a todas las personas que en la vida le manifestaron un gesto de cariño a mi mamá, hay tantas personas aquí que la conocieron y le manifestaron su cariño, hay tantas personas que hoy no pudieron estar en la misa porque era día laboral, que Dios les pague realmente del alma. Padre Víctor, Dios te pague todo el cariño, mi mamá te quería mucho; padre César, tu sabes que te ganaste el cariño de mi mamá, por dos cosas muy chicas que corren por el medio de la casa, compartían una afinidad, los gatos. Cuando tuvo una baja de azúcar el padre César llegó y me dice “quien es este cura” y le digo “el padre César, el tiene gatitos” y lo amó, y cuando yo llegaba a la casa me decía “¿cómo está el padre César?”, todavía está lo que te tenia guardado.

Así que gracias a estos hermanos y hermanas que hoy nos acompañan. Solamente decirles que el evangelio se cumple, la pascua la está viviendo la Juana Rosa, el Reino eterno no me cabe duda que lo tiene ganado y sobre todo hoy día se ha dado un abrazo eterno con la mama. Solamente me queda decirle Juana Rosa, por todo lo que viviste en esta vida, por todo lo que el Señor te regaló, por todo lo que nos hiciste disfrutar de tu presencia en este mundo, descansa en paz.

 

Pbro. Juan Carlos Pizarro Acuña



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