NOTICIAS

Homilía de monseñor Cristián Contreras Villarroel en el Te Deum 2017

Mi paz les doy (Jesucristo)

Te Deum Fiestas Patrias 2017 [1]

+ Cristián Contreras Villarroel

Obispo de Melipilla

Vicepresidente de la Conferencia Episcopal

 

Isaías 32, 15-18

Salmo 84, 9ab. 10-14
Jn 14, 23-29

 

Chile se viste de gala. Lo vemos en nuestras plazas, calles, ramadas, rodeos, fondas y tantas otras expresiones de nuestro Chile y sus tradiciones. Más allá de las legítimas diferencias, queremos en este día alabar y bendecir al Señor, en las fiestas de la Patria.

El Te Deum del 18 de septiembre es el gran acto litúrgico y republicano desde 1811. La diócesis de Melipilla se une a las festividades de la Patria para agradecer a Dios por su gente, por sus familias, por sus instituciones. Es una tradición querida por don José Miguel Carrera y los patriotas de antaño. Chile es un Estado laico, pero no de ideología laicista.  

He visto emocionado en estos días a los niños y jóvenes de colegios con sus atuendos de huasos y de chinitas, acompañados de sus padres y maestros que siguen transmitiendo la herencia recibida. El “18” nos hermana y es expresión de lo queremos ser: Chile una mesa para todos; Chile un hogar para todos, también para nuestros hermanos que provienen de otras latitudes con la esperanza de tener mejores expectativas de vida más plena.

El Señor nos ha convocado en este bello día. Mi saludo cordial y agradecido a todas las autoridades y representantes de las instituciones que aportan, día a día, lo mejor de si para vivir en paz y prosperidad. Por eso agradecemos a Dios, el Padre misericordioso.

Cómo no agradecer por tantos dones que Dios nos dispensa, especialmente por los frutos que cada día podemos ver en las familias de nuestro país, que con gran esfuerzo y dedicación se esmeran en construir un futuro mejor para ellas y también para las próximas generaciones que pronto nos sucederán.

Los textos de la Sagrada Escritura que hoy se han proclamado en muchas catedrales de Chile nos presentan a Jesucristo como cimiento de la paz, una paz genuina que brota de la justicia. Lo que anuncia la profecía de Isaías: “mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en descansos tranquilos”, se refiere a Jesús, buen pastor, fuente de Vida en abundancia, Señor de la Vida y de la Paz.  Es el lema que acompaña y precede la próxima visita del Papa Francisco a Chile: “Mi paz les doy”, y con una bella y bailable canción de Américo.

En tiempos de inquietud, es el Señor quien nos ofrece su palabra que conforta: “No se inquiete su corazón. Crean en Dios y crean también en Mí” (Jn 14,1). En tiempos de tempestad, es Él quien nos ofrece seguridades y nos calma: “Ánimo. ¡Soy Yo! No tengan miedo” (Mt 14,27). En momentos de sufrimiento, Él nos ofrece su paz: “Tu fe te ha sanado, vete en paz” (Mc 5,34).

En Cristo, nuestra paz, hay esperanza cierta para toda fragilidad, preocupación y angustia. Creemos que el tiempo que vivimos y el modo en que, como sociedad, lo encaramos y asumimos, hace necesaria una reflexión sobre el auténtico sentido de la paz.

La paz no brota por casualidad en la sociedad. Ella es consecuencia de valores y virtudes humanas, de procesos sociales orientados al bien común. La obra de la justicia será la paz –proclama el profeta Isaías- y el fruto de la justicia, serán la tranquilidad y la seguridad para siempre.

 

“Mi paz les doy” (Jn 14,27)

 

En el relato del Evangelio, que hemos escuchado, Jesús nos entrega y nos deja su paz. Vencidos el mal y la muerte por el amor de Cristo en la cruz, toda inquietud y preocupación encuentran en Él la fuente de su paz. No estamos solos, no quedamos abandonados. Ante toda desesperación, el Espíritu de Dios nos transmite su paz y su esperanza.

“Mi paz les doy” (Jn 14,27). Esa cita de la Escritura es el lema de nuestra Iglesia chilena para la próxima visita del Papa Francisco a nuestra patria, un regalo que confiamos sea fuente de unidad y esperanza para todo nuestro pueblo. Con gran esperanza deseamos que este acontecimiento sea un fuerte impulso a la unidad de nuestro país, y que posibilite el reencuentro de esta gran familia común que constituimos, permitiendo también la recuperación de las confianzas y una sana convivencia de hermanos.

Dentro de poco tendremos elecciones presidenciales y de otras autoridades. Lo haremos en un contexto de descrédito de la política, de desconfianza hacia las instituciones, una preocupante apatía por participar del proceso cívico y de una creciente polarización, que en algunos casos es llevada hasta el extremo. Hemos sido testigos de disputas verbales agresivas, de descalificaciones y actitudes provocativas, en personas y grupos, y lamentablemente también, en personalidades e instituciones consagradas al servicio público, de quienes la sociedad espera una mayor altura cívica.

 

¿Cuál será nuestra prioridad?

 

Deseamos una política de acuerdos y de consensos, hoy abandonada y que en un pasado cercano, condujo al país a muchos logros, quizá aún escasos, pero que se han convertido en hitos vitales en la reconstrucción del tejido social, que como tarea común hemos abordado a partir de la recuperación democrática. Por ello creemos que no le hace bien a Chile prescindir del ejercicio democrático en la búsqueda de grandes acuerdos y consensos. Los estilos intolerantes y excluyentes no ayudan al establecimiento de un buen clima social, necesario para la discusión y buen discernimiento de temas tan relevantes para todos. Tampoco aporta a ello, la legislación apurada y urgente, que imposibilita un análisis sereno y prudente, particularmente en asuntos de gran trascendencia que tocan los valores fundamentales sobre los que se construye nuestra convivencia.

En nuestra “alma de Chile”, uno de sus grandes valores es la promoción y cuidado de la vida humana, desde su concepción, durante todas las etapas de su desarrollo y hasta su muerte natural. Lo reconocemos como principio y fundamento para todo ser humano que tiene conciencia de la igual dignidad de todas las personas, y con mayor certeza aún cuando se asume desde una perspectiva de la fe. No podemos silenciar la gravedad y el dolor que significa la introducción del aborto en la legislación chilena. Estos retrocesos, que dañan el alma de nuestro país,  no pueden paralizar nuestra misión y servicio a nuestros hermanos. Por eso hemos anunciado que a partir de ahora nuestra opción por la vida se traduce en redoblar nuestro esfuerzo para seguir acompañando a las mujeres que viven situaciones límite en su embarazo, a las que deciden continuar con él y a las que piensan que el aborto puede llegar a ser una solución. La Iglesia siempre ofrece sus manos y extiende su abrazo de servicio a todas las personas que necesiten paz, amparo, apoyo y consuelo ( cfr. Mensaje Comité Permanente, 21 de agosto 2017).

Queremos hacer una especial solicitud a las autoridades y legisladores, actuales y futuras, para que a la hora de estudiar iniciativas que tocan en su médula los fundamentos de una antropología humanista, como son las que se refieren a la identidad de género y al así mal llamado matrimonio igualitario, esto sea considerado. ¿Son esas las reformas y normas que la ciudadanía espera como prioridad?

¿No debiera privilegiarse en la agenda a los más débiles y desamparados? ¿No debieran tener mayor relevancia las mujeres agredidas, los niños y jóvenes vulnerados, los inmigrantes maltratados, las familias quebradas por estilos inhumanos de trabajo? ¿Nos declaramos acaso un país libre de desigualdad, de campamentos y de pobreza? ¿No son prioritarias las persistentes demandas en la salud pública, en el sistema de pensiones, en la educación de calidad? La violencia, la delincuencia y las redes de narcotráfico que se instalan en nuestros barrios y ciudades, ¿acaso no importan, o importan poco? ¿La salud mental y el envejecimiento de nuestra población, no parecen relevantes a la hora de lanzar propuestas y ordenar prioridades?

A veces nos parece que las decisiones políticas pasan más por los intereses y objetivos de una reducida élite que por los clamores más sentidos de la ciudadanía. No nos parece un método sano para una convivencia pacífica que brota de la justicia. La gente más sencilla, los que no tienen poder ni dinero ni seguidores, ellos deben ser escuchados con mayor atención y sin demagogia. En un momento en que necesitamos recuperar las confianzas, las autoridades políticas son las primeras llamadas a testimoniar coherencia entre las convicciones éticas que proclaman y el actuar público que desarrollan.

 

La persona humana y su dignidad en el centro de la vida social


La cultura individualista y materialista es un gran peligro que amenaza una convivencia pacífica, pues promueve un consumismo y una ambición desenfrenada orientada al éxito particular en cuya carrera no parecen existir límites. “Vemos una preocupación excesiva por el bienestar material, o la búsqueda desordenada de sensaciones fuertes y de placer inmediato” (Orientaciones Pastorales 2014-2020, 11c).

En la raíz del humanismo y su vocación a la fraternidad y al bien común, la corresponsabilidad solidaria  es parte importante de su propuesta social, por ello que la usura y la avaricia han sido resistidas con indignación en nuestra sociedad.

El predominio de los intereses individuales y corporativos, por sobre el bien de la comunidad, ha invadido diversos campos de nuestra vida, desde la convivencia cotidiana hasta los ámbitos de las grandes decisiones del poder. Se promueve un discurso de la probidad y la transparencia, pero en muchos casos terminamos enterándonos de intrigas, abusos e injusticias… y erigiendo al dinero como un ídolo. A la base de muchos de los escándalos de nuestra sociedad está justamente la idolatría del dinero.

La paz, en cambio, es fruto de la autenticidad del corazón y la coherencia de vida. Necesitamos líderes que reconozcan sus limitaciones, que acojan la crítica, que no se nieguen a valorar lo bueno en los adversarios. Líderes consecuentes con los ideales que profesan y siempre dispuestos a dar lo mejor de sí, en la política, en la empresa y el trabajo, en las agrupaciones de diversas creencias religiosas, en las instancias educativas y en las organizaciones ciudadanas. No podemos resignarnos a que la capacidad de maniobra en las redes y elites de poder sea la condición que determine la calidad del liderazgo de quienes conducen nuestra sociedad.

Por eso la próxima elección presidencial, legislativa y de consejeros regionales es una relevante oportunidad para hacer explícito nuestro discernimiento. Los ciudadanos tenemos, no solo un derecho, sino también moralmente un deber cívico: conocer el Chile que promueven los candidatos en sus propuestas y programas, y contrastar dichas alternativas con los valores de cada uno de nosotros. La decisión es personal y en conciencia. Pero cada voto es necesario en la construcción del bien común.


Promover la paz, trabajar por la paz

 

Hoy la palabra revelada nos ofrece una gran noticia: la Justicia va delante del Señor y la paz sobre la huella de sus pasos (Salmo 84).

Son muchos los compatriotas que, desde diversas creencias y disciplinas, han aportado lo mejor de sí para la construcción de una patria más justa y más fraterna, anhelando una convivencia fundada en el respeto por la dignidad de toda persona humana y trabajando en la construcción del bien común. Ellos soñaron un Chile próspero solidario y en paz, sabiendo que promover y trabajar por la paz es una tarea permanente y no exenta de dificultades y costos.

Nuestra historia nos ha enseñado que la paz no se impone por la vía de la fuerza, sino que brota de la razón humana capaz de dialogar y alcanzar entendimiento. La paz se teje con generosidad de todos y descansa en la recíproca confianza. Es encomiable el empeño de líderes, de ayer y de hoy, que han sabido proponer razones, a partir de convicciones, sin dejarse provocar por la violencia, y siempre con disposición a ceder en aras del bien común. La humildad es siempre presupuesto de la paz.        

La paz no consiste en acallar los disensos legítimos, sino que presupone un espacio de libertad y libertades cuyo marco de referencia ha de ser siempre la dignidad de la persona. La paz no esquiva los conflictos, sino que los asume desde la humanidad, como nos recuerda el papa Francisco: “ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!” (Evangelii gaudium, 227).

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen del Carmen, Madre y Protectora de Chile, que este tiempo electoral que se avecina y la preparación de la visita del Santo Padre a nuestro país, sean una oportunidad de caminar hacia el reencuentro. El país requiere de todos nosotros, pasos decididos, acuerdos básicos, amistad cívica y protección de los más débiles. Vale la pena el esfuerzo, por el bien de Chile. Nos anima la certeza del salmista: “El amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán” (Salmo 84).

Es lo que pedimos para nuestro Chile, desde nuestra diócesis hermosa de Melipilla.

 

[1]Homilía basada en el subsidio que enviamos desde la Conferencia Episcopal a los obispos de Chile.



Galerias: