Celebración de Domingo de Ramos en Catedral de Melipilla

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Don Cristian Contreras Villarroel, Obispo de la diócesis, ha presidido la celebración de la Eucaristía de Domingo de Ramos al mediodía en la catedral.

En la Plaza de Armas se han bendecido los ramos de palma y en procesión hemos expresado nuestra alegría creyente a todo el que nos vea pasar con ramos en las manos o con la imagen de Cristo Crucificado: ¡“Bendito el que viene en el nombre del Señor”! (Mateo 21, 9)

 

A continuación ofrecemos la reflexión que nos hace llegar nuestro Pastor.

 

DOMINGO DE RAMOS

DEJEMONOS ABRAZAR POR LA MISERICORDIA DE DIOS

2 de abril de 2023

+ Cristián Contreras Villarroel

Obispo de Melipilla

 

CATEQUESIS DEL DÍA

 

  1. Con el Domingo de Ramos, iniciamos los días más importantes de nuestra fe. Son los días santos de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. Sin ellos nuestra vida carecería de sentido y como dice San Pablo: “si Cristo no ha resucitado, seríamos los más desgraciados de todos los seres humanos” (1 Corintios 15, 19). Son los días en que se manifiesta la misericordia de nuestro Padre Dios en toda su grandeza. Estos santos días son una invitación a dejarnos abrazar por el corazón misericordioso de Dios.

 

Cada uno de estos días de Semana Santa tiene su sello. Lo viviremos en las celebraciones de la Liturgia. Gracias a la acción del Espíritu Santo, Jesús vuelve a ser el eterno contemporáneo de la humanidad (Benedicto XVI). Él vuelve a entrar en nuestra historia para mostrarnos el camino de conversión que conduce a la vida plena y a la paz.

 

En el Domingo de Ramos aclamamos al Señor presente en nuestras ciudades, campos y en la larga costa de nuestra diócesis. Es el día para abrir las puertas del corazón, de la parroquia, de cada hogar. Es el día para abrir los labios y cantar: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”; ¡Bendito el Padre Dios que te envió y la Virgen que te dio a luz!; “¡Dichosos los pechos que te amamantaron!”, gritó una anónima mujer que lo escuchó y conoció el bien que hacía.

 

EN MEDIO DE LA VIOLENCIA DELICTUAL Y DEL NARCOTRÁFICO

  1. El Domingo de Ramos es el día del Señor donde acuden millares y millares de personas a los templos. Esa es la grandeza de los signos. Todos queremos tener signos de importancia en nuestras vidas: algo palpable, visible. Todos queremos tener un ramo que nos acompañe en nuestras casas o en los lugares donde se desarrolla nuestra existencia, especialmente en el dolor y el sufrimiento.  Si en años pasados celebramos Semana Santa en el contexto de la pandemia, hoy lo es por la dolorosa situación de la delincuencia, el narcotráfico, la trata de personas, los asesinatos de Carabineros y los que sufren violencia en el Sur y el Norte. Todo esto lo padece nuestra patria.

 

En este contexto quiero expresar mi gratitud a las familias de migrantes que han escapado de regímenes totalitarios y populistas. Los migrantes han aportado a Chile desde su cultura, gastronomía, servicio a las familias con personas adultas y desde sus profesiones como personas competentes en el campo de la salud. ¡Gracias por su aporte a Chile!

 

HOSANNA Y CRUCIFÍCALO

Queremos acompañar a Cristo que va nuestras casas y que va a Jerusalén para ser sometido a un juicio que no es justo: lo condenaran a Él que es inocente y que “pasó haciendo el bien”.  Contemplemos a Cristo Rey. Cristo que está con manto púrpura; es la púrpura de la sangre derramada por nosotros.

 

En la Plaza de Armas se han bendecido los ramos de palma y en procesión hemos expresado nuestra alegría creyente a todo el que nos vea pasar con ramos en las manos o con la imagen de Cristo Crucificado: ¡“Bendito el que viene en el nombre del Señor”! (Mateo 21, 9). Pero es también el día del Domingo de la Pasión del Señor en que somos testigos del sufrimiento y muerte del Señor, tras la traición de Judas y el simulacro de justicia de los Sumos sacerdotes y del Imperio, que condenan al justo. Así es: los “Hosanna” vienen precedidos por las palabras del profeta Isaías: ofrecí mi espalda a los que golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me maltrataban y escupían”.  Y después de la resurrección del Señor, San Pablo dirá elocuentemente que Jesús no hizo alarde de su condición divina, sino que asumió la condición de esclavo, se humilló, incluso hasta la muerte y muerte en cruz.

 

¿QUÉ DECIR ESTE DOMINGO?

 

Recordemos que el Domingo de Ramos fue instituido por el Papa San Juan Pablo II, como Día Mundial de los Jóvenes.

 

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes, les dijo: “Por favor, ¡no se dejen robar la esperanza! ¡No se dejen robar la esperanza! Esa que nos da Jesús” (Domingo de Ramos, 24 de marzo de 2013). ¿Y cuál sería el desafío? Reitero lo expresado en años anteriores: hagamos una foto a la esperanza. Una fotografía con que podamos alimentar la enorme necesidad de esperanza que percibimos en nuestro Chile violento. Pero, una esperanza cierta y no sólo una ilusión. ¿Qué imagen de la esperanza focalizarían para regalarle a sus familias, vecinos y seres queridos?

 

La fe y la caridad son muy fotogénicas. Basta con fotografiar a un monje o a una persona en oración profunda para admirar su fe; o bien, mirar el cielo en una noche estrellada y contemplar el universo en expansión, para decir “yo creo”. ¿Y la caridad? Es todavía más elocuente. Basta ver la imagen de Madre Santa Teresa de Calcuta, de Santa Teresa de los Andes, de San Alberto Hurtado, de Laurita Vicuña, de Ceferino Namuncurá, y no se necesitan más explicaciones: la caridad existe.

 

Pero, ¿la esperanza? Es difícil hacer una fotografía, porque deja de ser esperanza. Lo dice el apóstol “esperanza que se ve no es esperanza”. Y, sin embargo, hay fotos que la delatan con una proximidad impresionante. La más clara es ver a una mujer encinta, con esa belleza y dignidad impresionantes de quien espera a su hijito. Se ve la mujer, se distingue su silueta, pero a la guagüita que todavía no la abraza con sus manos, sin embargo, se la espera. ¡Esa es la esperanza!

 

En este Domingo de Ramos en Melipilla con las consecuencias de una sequía que agobia los campos y sus frutos, que hace temer por los animalitos y con la angustia de un eventual racionamiento de agua para los hogares, tenemos a tarea de orar por la lluvia y esperar en la Providencia de Dios. Contemplemos a Jesús. Él pasa de la muerte a la vida.

 

LA MUERTE Y LA VIDA, PASCUA DE LA ESPERANZA

Los ejemplos propuestos nos revelan un rasgo muy propio de la esperanza cristiana: esta tiene que ver con la vida. Con la muerte y la vida. Aunque sea muy fugaz, la experiencia de la esperanza nos deja con una sed de vida, es decir, con sed de Dios. En cambio, cuando se confunde la esperanza con la exacerbación de los sentidos, estimulando el ritmo, el colorido y la música estridente, se puede pasar el rato, reír y bailar, pero al final hay sed de descansar y la sensación de quedar fundidos. Cuando, en cambio, regalamos una tarde para ayudar a caminar a una persona con dificultad para caminar, o acompañamos a un enfermo, o simplemente ponemos el hombro en una campaña de recolección de alimentos, quedamos muy cansados, pero no fundidos. Así lo experimentó la pastoral juvenil de nuestra diócesis que acudió en ayuda de los damnificados por los incendios en la Región del Biobío. Y el sabor de lo vivido nadie lo puede robar. Es lo que nos dice Papa: “por favor, no dejen que les roben su esperanza”.

 

Para conocer la verdadera esperanza, la de Jesús, los invito a contemplar sólo dos escenas memorables.

 

  1. EL ÍCONO DE UN RECIÉN NACIDO

Un establo, donde hay un recién nacido envuelto en pañales, con Maria y José, que no encontraron lugar en la posada. Es un parto más en la historia de la humanidad. No ofrece externamente ninguna novedad, salvo el hecho de un niño nacido al calor de algunos animalitos. Contemplemos: unos pobres pastores que cuidan el rebaño escuchan una buena noticia; unos sabios de oriente buscan al recién nacido, el rey Herodes se muere de envidia, y desata una persecución. Todo por un niño envuelto en pañales. Es la matanza de los inocentes. Y ahí aparece lo que se ve y no se ve: es nada menos que “el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre(Papa Benedicto XVI). Es Jesús de Nazaret que pasará treinta años madurando su misión hasta revelarse como la encarnación del mismo Dios. Esa es nuestra gran esperanza, la señal de que Dios Padre nos ama entrañablemente y de que jamás abandonará a la humanidad. Hay que tener ojos para ver, pues los de su propio pueblo, Nazaret, no lo pudieron creer.

 

Ver a Jesús es ver a Dios Padre, escuchar a Jesús es escuchar la Palabra de Dios, ser testigo de sus gestos es contemplar la obra de Dios, aunque muchos miren y no vean, oigan y no escuchen. Es Jesús, hijo de Dios e hijo de María, la esperanza de lo que Dios quiere hacer con cada uno de nosotros y con toda la humanidad, desde el comienzo de los tiempos. Es la esperanza que nos robó el pecado y que el hijo de Dios llega con la misión de entronizarla para siempre.

 

La gente se pregunta, ¿quién es este que habla con autoridad?, ¿quién es este que perdona los pecados?, ¿quién es este que libera el sábado para hacer el bien?, ¿quién es este a quien el viento y el mar le obedecen? Muchos hablarán de que se trata de un profeta y hasta del regreso de Elías que debía preceder la venida del Mesías. Pedro, sin embargo, tomará la palabra para decir, “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo”. Y como siempre pasa con la esperanza, quisieron aprisionarla para que no los abandonara. ¡Si hasta quisieron hacerlo rey! sólo para que el pan no faltara, porque no habían comprendido el signo. Pero, fiel a su vocación, Jesús, “Esperanza nuestra”, pasó de largo, hasta que los timoratos y escandalizados, decidieron que Jesús no tenía morada en este mundo: “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”.

 

  1. EL ÍCONO DE UN CRUCIFICADO QUE IDEOLOGÍAS DE MUERTE CUESTIONAN

Hay otra escena de la esperanza que complementa y completa la primera. No basta el pesebre, Nazaret, Galilea, hay que llegar a Jerusalén y hasta el Calvario. Es una imagen que aún escandaliza. Tanto escandaliza que a veces se ha querido retirarla de las escuelas o de la sala de clases y ha habido que recurrir a un tribunal para defender su presencia: es el ícono del Señor Crucificado. “Salve oh Cruz, nuestra única esperanza”, dice el himno de la Santa Cruz.

 

¿Cómo un crucificado puede ser causa de esperanza? Eso no entra en los esquemas de la humanidad. La esperanza que normalmente se busca es una imagen de triunfo, del poder. ¿Quién va a buscar la esperanza entre los pobres, entre los humildes de corazón, entre los perseguidos? ¿Quién va a buscar la esperanza entre los leprosos de este mundo? ¿Entre nuestros hermanos migrantes? ¿En las mujeres y niños maltratados, violados y muchos asesinados?

 

San Pablo, en cambio, lo expresa admirablemente bien en la carta a los Corintios: nosotros predicamos a un Mesías crucificado, escándalo para los judíos y locura para los griegos, pero un portento de Dios para los que creen en Él. Es decir, un Mesías que pone en tela de juicio la sabiduría y los poderes de este mundo, pero tiene la autoridad moral admirable, por ponerse del lado de los débiles, de los pobres, de los perseguidos, de los “ninguneados”, porque sabe muy bien en qué consiste ser humano, varón o mujer, con la estatura y la dignidad de ser tal. El no habla desde los tronos, ni da clases con abundancia de palabras o hablando “populistamente” a través de los medios de comunicación: su máximo magisterio lo expresa en silencio y en la desnudez de una cruz. Pilato, sin saber lo que decía, resultó ser un gran profeta. Señalando a Jesucristo torturado y desgarrado, con una corona de espinas y un manto ensangrentado, dijo solemnemente: “¡Ecce Homo”: ¡He ahí al hombre!”.

 

“ECCE HOMO”: HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA

Y “Ecce Homo” fue crucificado y sufrió la muerte, como todos y como tantos. Y Ecce Homo descendió a lo más profundo de la tierra, “descendió a los infiernos” dice el Credo, tanto que los discípulos de Emaús dirían que le habían dado muerte a su esperanza. Pero, Ecce Homo se levantó, fue resucitado, venció para siempre a la muerte y se coronó de vida, abriendo para todos y cada uno, las puertas de la vida para siempre. Pero, con una imagen inconfundible: tiene en sus manos resucitadas la señal de los clavos, y en su Sagrado Corazón Resucitado, la huella de la lanza. ¡Él es nuestra esperanza! Y es la que queremos testimoniar hasta los confines de nuestra diócesis. Hasta los extremos de cada varón y cada mujer, especialmente a los más vulnerables y dolientes. Esperanza que debe llegar a tantos jóvenes que buscan su esperanza donde no se la puede encontrar.

 

Para cada uno de ellos, debemos con nuestros Ramos y con el Ramo de nuestro corazón, un anuncio que es de Dios, y por eso lo hacemos con convicción: a cada uno podemos mostrarle al Señor, al que nacido en un pesebre nos ha traído consigo el amor de Dios hasta el extremo. Nadie ni nada lo pueden superar porque Él tomó la vida entre sus manos, para liberarla de la muerte y de todo espejismo, para ponerla en el corazón de cada uno, diciendo: Yo soy la Vida y la Vida en abundancia.

 

Que nada ni nadie, ninguna ideología de muerte podrá quitarnos la esperanza: Ecce Homo. Ecce Deus. Ecce spes nostra, Iesuchristus: He aquí al Hombre. He aquí Dios. He aquí Jesucristo esperanza nuestra.

 

 

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