ORDENACIÓN DIÁCONOS PERMANENTES

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En la Iglesia Catedral, en la Eucaristía presidida por Don Cristián Contreras Villarroel, Obispo de la diócesis de Melipilla, se ordenaron diáconos permanentes:

Germán Donoso Romero. Parroquia Nuestra Señora del Carmen de Peñaflor.

Ricardo Figueroa Serra. Parroquia San Pedro.  

Omar Silva Abbott. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Peñaflor.

Osvaldo Narváez Vega. Parroquia Inmaculada Concepción de Talagante.

Eduardo Quezada Ureta. Parroquia Virgen Medianera de Cartagena.

En ambiente festivo y acompañado por sus familias, sacerdotes y diáconos permanentes de la diócesis, y algunos de Santiago, los 5 nuevos diáconos se comprometieron a vivir el ministerio conferido y servir a sus comunidades.
Damos gracias al Señor por ellos y oramos por su fidelidad.

 

 

 

 

 

Compartimos con ustedes la homilia de + Monseñor Cristián Contreras Villarroel

 

ORDENACIÓN DIÁCONOS PERMANENTES

Sábado 27 de mayo de 2023

Catedral San José de Melipilla

+ Cristián Contreras Villarroel

 

Jeremías 1, 4-9; Sal 88; 1 Pedro 4, 7b-11; San Juan 15, 7-9

 

Queridas familias, comunidades eclesiales, sacerdotes de la diócesis y de Santiago, a los hermanos diáconos permanentes, religiosas, hermanas y hermanos todos.

 

Una hermosa mañana de sábado, día dedicado a la Santísima Virgen María, nos convoca como miembros de la Iglesia para celebrar la Eucaristía y en ella conferir el sacramento del orden del diaconado permanente a cinco hermanos nuestros, miembros de la Iglesia que peregrina en Melipilla, bajo el patrocinio de San José.

 

Ustedes, queridos hermanos han iniciado hace largos años un itinerario de preparación a este sacramento del orden, acompañados por sus familias, sacerdotes y comunidades en las que sirven. De este modo han respondido al llamado del Señor y esta mañana verán confirmada su vocación por parte de la Iglesia. Ustedes han escuchado sus nombres hace sólo un momento. Se trata de nuestros hermanos:

 

Germán Donoso Romero y su esposa Daniela Givattini Arancibia e hijos Vicente, Diego de Jesús y María Gracia. Parroquia Nuestra Señora del Carmen de Peñaflor.

 

Ricardo Figueroa Serra y su esposa María Pilar Alvarez González e hijos María José y Ricardo. Parroquia San Pedro.

 

Omar Silva Abbott y su esposa Fabiola Muñoz Silva e hijos Simón Ignacio y Amanda Valentina. Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Peñaflor.

 

Osvaldo Narváez Vega y su esposa Melissa Arauz González. Parroquia Inmaculada Concepción de Talagante.

 

Eduardo Quezada Ureta y su esposa María Angélica del Carmen Hurtado e hijos María José de los Ángeles, Vanessa Dayana, Eduardo Alejandro y Priscila Andrea. Parroquia Virgen Medianera de Cartagena.

 

 

Ellos se suman al cuerpo diaconal al servicio de la Iglesia en Melipilla.

 

Ninguna de estas vocaciones ha nacido sola. Todos y cada uno de estos hermanos han contado con el apoyo de sus esposas, con quienes han recorrido el largo camino de su formación. Ellos han recibido también el reconocimiento de sus comunidades, en las cuales han ejercido el servicio de Catequistas, de Animadores de la Comunidad, donde han presidido la oración e impulsado a sus hermanos a la misión evangelizadora. Y, muy clave en el despertar de sus vocaciones y en el acompañamiento posterior, han sido sus sacerdotes, diaconos y comunidades.

 

Una acción sobrenatural y eclesial nos congrega. Demos gracias a Dios por ello. El apóstol San Pablo nos recuerda que el justo vive por la fe. No con la fe, como si fuera un accesorio en nuestra vida, sino como algo vital, existencia, de vida o muerte: por la fe. Es la fe en el Señor, Hijo eterno de Dios Padre y en vísperas de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, que nos reúne.

 

Queridos hermanos y hermanas, en los textos bíblicos de hoy, son elocuentes en lo que esperamos de ustedes. El profeta Jeremías expone a Dios su inseguridad para ser su enviado. Pero recibe una gran noticia: has sido escogido desde el vientre de tu madre. Y recibe una promesa: “No tengas miedo, Yo estoy contigo para auxiliarte”.

 

El ministerio nos pone de frente a las varias vicisitudes de la vida. Entre alegrías y tristezas, solamente la luz y la fuerza de la fe pueden ayudarnos a realizar plenamente nuestro ministerio. La palabra de Dios es nuestra roca que nos salva. Por eso la invitación a no temer dar testimonio, porque, dice Dios: “Yo pongo mis palabras en tu boca”.

 

Queridos hermanos: para que caminemos con mayor confianza y fe, reciban el don del diaconado permanente, San Pablo les dice: “el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad”.  Por la imposición de las manos el Espíritu Santo habita en nosotros. Ya fueron ungidos y les impusieron las manos en el bautismo, en la confirmación y hoy impondré las manos en el sacramento del Diaconado. Esta es la fe que nos regala paz interior, serenidad y valentía.

 

Ustedes, al igual que los profetas están llamados a encarnar un especial proyecto de Dios, desde hoy como diáconos. Lo propio del diácono es el servicio a la Palabra de Dios, del Altar y el ministerio de la Caridad fraterna. Están llamados a proclamar su Palabra y, al igual que los discípulos de todos los tiempos, lo harán en tiempos de cambio, de dificultades e incluso de mucha oposición existente en el mundo para la acogida de la Palabra de Dios y el ministerio de la Iglesia. Somos testigos de ello. Muchos quieren quitar el sustrato religioso y católico de nuestra cultura; se desprestigia y ridiculiza a la Iglesia. Pero no debemos temer. Jamás temer.

 

La vida diaconal no será ya su propia vida, sino la vida del Señor en ustedes. Debemos dejar de tal modo que el Señor vaya trabajando nuestra interioridad que en nuestro ministerio se transparente el “yo” del Señor Jesucristo. Como dice san Pablo: soy yo, pero no yo; es Cristo quien vive en mi”. Esa conciencia la irán madurando, profundizando y renovando día a día, especialmente en la participación eucarística. Desde hoy serán especiales servidor del Altar del Señor. Y esa es nuestra fuente para que nuestro amor y alegría sea la de Jesús.

 

En un momento más, por la imposición de manos y la oración consagratoria, recibirán un sacramento que están llamado también a vivirlo en su forma original y distintiva: como servidores solícitos y ministros de la caridad. Donde sea que ejerzan el ministerio deberán distinguirse por una especial predilección por los más necesitados, al igual que Cristo. Serán configurado con Cristo servidor, ese es el significado de la expresión “diácono”, para hacer de las obras de misericordia un signo distintivo de vuestra vida entera. Recuerden siempre en su solicitud diaconal a quienes Jesús llama bienaventurados en el Sermón de la Montaña. Ustedes vivirán esta especial forma de consagración desde otra no menos importante: la vida de hombres casados y padres de familia.

 

¿Cómo no agradecer este don de Cristo a su Iglesia? ¿Cómo no agradecer a sus esposas e hijos; familiares y amigos; sacerdotes y religiosas que los han acompañado y que hoy felices son testigos de esta acción sobrenatural?

 

Muchas gracias, queridas esposas, hijos e hijas, familiares y amigos porque estos diáconos descubrieron el llamado del Señor gracias a ustedes. Es un día de alegría, donde la palabra de Dios nos invita y exhorta a no temer jamás, porque el justo vive por la fe. La fe que nos congrega, la fe que nos hace recocernos hijos adoptivos de Dios en su Hijo, la fe que nos regala identidad en el seno de la Iglesia, la fe que ustedes quieren transmitir en el ministerio diaconal. Nada de temores. Todo es un llamado a la confianza filial en Dios.

 

Contemplemos, ahora, cómo Jesucristo nos garantiza su presencia: el amor del Padre a Él, es el amor que nos promete. La amistad con el Señor se verifica en el amor al hermano y al prójimo. La elección para ser sus ministros es la libre elección de Jesús para que demos fruto. Y desde esa conciencia, tenemos la garantía de que lo que pidamos al Padre en nombre de Jesús, Él lo concederá.

 

Queridos hermanos, lo que la Iglesia les confía hoy es un don al servicio de Dios y de los hermanos en esta historia concreta de nuestra Patria. El hombre configurado por Cristo en el sacramento del orden debe ser testigo del amor de Dios, porque es el amor el que redime.

 

El ministerio que hoy reciben es un servicio al Señor y debe ser realizado como tal, con fuerza y dedicación. Por eso San Pedro nos exhorta a orar, al amor fraterno, predicar la palabra de Dios y estar a su servicio en la ayuda a los demás.

 

Queridos hermanos: no deben tener miedo de la vida desde el momento en que pueden contar con un amor fiel y fuerte como el de Jesús. Por eso, nuestra alegría es que otros experimenten el amor de Dios y puedan vivir una auténtica fraternidad con su prójimo. Como podemos apreciar, la alegría que nace de Dios no tiene nada que ver con la alegría mundana, donde cada cual se busca a sí mismo y busca su propio interés.

 

Por eso Jesús, ha dado a sus discípulos un solo mandamiento que brota de la identidad más profunda de Jesús. El ha vivido una vida como la nuestra, hecha de trabajo, de relaciones humanas, de predicación. Se insertó plenamente en su tiempo y en su pueblo. Vivió treinta años en Nazaret; desde allí inició su ministerio público. Todo lo hizo bien: “pasó por la vida haciendo el bien”, es decir, transparentando a Dios y comunicando a los hombres la alegría, la vida y el amor del Padre.

 

Ser testigos del amor de Dios es una tarea eclesial irrenunciable. El Papa San Juan Pablo II en su carta Novo Millennio Ineunte (el Nuevo Milenio que se inicia), plantea a la Iglesia el desafío de ser testigo del amor de Dios promoviendo una espiritualidad de la comunión, para que la comunidad eclesial sea, en medio de las realidades temporales, la casa y la escuela de la comunión. Este, dice el Papa, es “el gran desafío” si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. La comunión, dice el Papa, es fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da, para hacer de nosotros un solo corazón y una sola alma.

 

Queridos hermanos Germán, Ricardo, Omar, Osvaldo y Eduardo, la misión es ardua. Ustedes han tenido la gracia de escuchar la llamada del Señor y la gracia de cultivarla en sus propias vidas. Hoy la Iglesia les vuelve a imponer las manos para que se hagan servidores de la comunidad. Y sabemos que ningún servidor es mayor que su Maestro. Por lo tanto, van a recibir la gracia de anunciar y de servir a Jesús, y también la gracia de sufrir por el Nombre del Señor. Van a recibir la gracia de animar a la comunidad, abriendo las puertas del Bautismo, proclamando la Palabra de Dios y estimulando permanentemente a sus hermanos a vivir la misión y a no ceder a la tentación de vivir sólo preocupados de ellos mismos.

 

Y, al final de la jornada, cuando digan junto a sus esposas y familia la oración de la noche, nunca se olviden de dar gracias a Dios por la forma cómo les ha salido al encuentro cada día. Y si alguna vez se sienten tentados por el mal espíritu del orgullo o de la necesidad de reconocimiento, nunca dejen de decir esta frase misteriosa y verdadera que recibimos de labios del Señor: “nosotros somos simples servidores: no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.

 

Hermanas y hermanos congregados esta mañana. La tarea no es fácil; pero es eclesial; no individualista. Hoy debemos renovar nuestro compromiso de ayudarnos unos a otros para que seamos fieles a la vocación recibida. Comprometámonos a orar por las vocaciones religiosas, por los diáconos, sacerdotes y obispos. Acompañémoslo en su ministerio con cercanía, amistad y exigencia fraterna. Con estos sentimientos continuemos con esta celebración eucarística y con el rito de ordenación.

 

Encomendemos a nuestros hermanos a la protección maternal de la Virgen Santa. A ella, quien fue “dichosa por haber creído”, que vivió por la fe, le pedimos, junto a San José que nos acompañen en estos momentos de la historia y proteja a nuestros nuevos diáconos permanentes. Así sea.

 

 

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