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(HNA. FLOR MARÍA GARRIDO LARA)

El Papa Francisco convocó en 2021 a un Sínodo con el título “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Se inició solemnemente el 9 y 10 de octubre de 2021 en Roma, y el 17 de octubre en nuestra diócesis, así como en las distintas diócesis del mundo.

El Papa Francisco convocó en 2021 a un Sínodo con el título “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Se inició solemnemente el 9 y 10 de octubre de 2021 en Roma, y el 17 de octubre en nuestra diócesis, así como en las distintas diócesis del mundo.

Este Sínodo tuvo diferentes etapas: local, nacional, continental y dos sesiones de la Asamblea del Sínodo de los Obispos (octubre de 2023 y octubre de 2024). Al finalizar la segunda sesión se entregó el Documento Final, aprobado por el Papa Francisco, y a partir de este año la Iglesia Universal, en cada Iglesia local, está convocada a implementar lo que en dicho documento se expresa.

Podemos preguntarnos: ¿qué es la sinodalidad? ¿Cuál es su fuente? el documental final del sínodo señala: “Del Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo brota la identidad del Pueblo de Dios. Se realiza como llamada a la santidad y envío en misión para invitar a todos los pueblos a acoger el don de la salvación (cf. Mt 28,18-19). Es, pues, del Bautismo, en el que Cristo nos reviste de sí mismo (cf. Ga 3,27) y nos hace renacer por el Espíritu (cf. Jn 3,5-6) como hijos de Dios, de donde nace la Iglesia sinodal misionera…” (Documento Final del Sínodo n.o 15).

El mismo documento define la sinodalidad y sus dimensiones: “Los términos sinodalidad y sinodal derivan de la antigua y constante práctica eclesial de reunirse en sínodo. En las tradiciones de las Iglesias orientales y occidentales, la palabra sínodo se refiere a instituciones y acontecimientos que han adoptado diferentes formas a lo largo del tiempo, implicando una pluralidad de sujetos. En su variedad, todas estas formas están unidas por el hecho de reunirse para dialogar, discernir y decidir.

Gracias a la experiencia de los últimos años, el significado de estos términos se ha comprendido mejor y se ha vivido aún más. Se han asociado cada vez más al deseo de una Iglesia más cercana a las personas y más relacional, que sea hogar y familia de Dios. A lo largo del proceso sinodal, ha madurado una convergencia sobre el significado de la sinodalidad que subyace en este documento: la sinodalidad es el caminar juntos de los cristianos con Cristo y hacia el Reino de Dios, en unión con toda la humanidad; orientada a la misión, implica reunirse en asamblea en los diferentes niveles de la vida eclesial, la escucha recíproca, el diálogo, el discernimiento comunitario, llegar a un consenso como expresión de la presencia de Cristo en el Espíritu y la toma de decisiones en una corresponsabilidad diferenciada. En esta línea entendemos mejor lo que significa que la sinodalidad sea una dimensión constitutiva de la Iglesia (CTI n.o 1). En términos simples y sintéticos, podemos decir que la sinodalidad es un camino de renovación espiritual y de reforma estructural para hacer a la Iglesia más participativa y misionera, es decir, para hacerla más capaz de caminar con cada hombre y mujer, irradiando la luz de Cristo” (Documento Final del Sínodo n.o 28).

El mismo texto indica que en la Virgen María vemos resplandecer los rasgos de una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa, porque es figura de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide y actúa. De ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios, la capacidad de captar las necesidades de los pobres y la obediencia a la Palabra (Documento Final del Sínodo n.o 29).

Siguiendo el Documento Final (n.o 30), encontramos tres aspectos que la sinodalidad designa en la vida de la Iglesia: es el “estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia, expresando su naturaleza como el caminar juntos y reunirse en asamblea del Pueblo de Dios convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Debe expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar de la Iglesia.

Este modo se realiza mediante la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, la fraternidad de la comunión y la corresponsabilidad y participación de todo el Pueblo de Dios en sus diferentes niveles y en la distinción de los diversos ministerios y roles”.

La sinodalidad designa también los eventos sinodales en los que la Iglesia es convocada por la autoridad competente y según procedimientos específicos determinados por la disciplina eclesiástica, a nivel local, regional y universal: todo el Pueblo de Dios bajo la presidencia de los obispos, en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma, para el discernimiento de su camino y de las cuestiones particulares, y para la toma de decisiones y orientaciones en orden al cumplimiento de su misión evangelizadora.

No debemos confundir la sinodalidad con la democracia. La Iglesia es sinodal y jerárquica.

La autoridad de los pastores es un don que los configura con Cristo Cabeza, Pastor y Siervo, y los pone al servicio del Pueblo Santo de Dios para salvaguardar la apostolicidad del anuncio y promover la comunión eclesial.

Por último, la sinodalidad no es un fin en sí misma: apunta a la misión que Cristo ha confiado a la Iglesia en el Espíritu, que es la evangelización. Esa es su vocación e identidad profunda. La Iglesia debe estar cerca de todos, predicando y enseñando,
bautizando, celebrando la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación (cf. Mt 28,19- 20; Mc 16,15-16). Sinodalidad y misión están íntimamente ligadas: la misión ilumina la sinodalidad y la sinodalidad impulsa la misión (Documento Final del Sínodo n.o 32).

Hoy podemos volver a hacernos las mismas preguntas que las Iglesias locales respondieron al inicio de este proceso: ¿cómo se realiza hoy este “caminar juntos” en nuestra Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro “caminar juntos”?

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