SIRVIENDO DESDE LA COTIDIANIDAD Y LA ALEGRÍA

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Por la Hermana Mariela Contreras, Carmelita de la Caridad de Vedruna

 

Llevo más de 30 años en la congregación. Mi vocación nace en una familia muy creyente en torno a la figura de la Virgen del Carmen. Mi inquietud comenzó cuando era adolescente, como miembro activo de la Pastoral Juvenil de la Parroquia Santa Rosa de Chocalán, pero se intensificó gracias a la invitación de los religiosos Menesianos, específicamente el Hermano Joaquín Blanco y el Hermano Félix Corada.

 

Participé en encuentros juveniles, caminatas, misiones, etc. En un momento determinado, comencé a preguntarme cuál es mi propósito en este mundo, a qué estoy llamada, qué quiero hacer con mi vida. Le compartí estas inquietudes a uno de los hermanos y quienes me acompañaron e invitaron a reflexionar sobre si estaba llamada a vivir como consagrada. Incluso empecé a considerar la vida de clausura.

 

Quería una congregación que tuviera un sentido de familia, de oración, que fuera amplia y diversa. El Hermano Joaquín me puso en contacto con las Hermanas Carmelitas de la Caridad Vedruna y, en concreto, con la comunidad que existía en ese momento en Huilco. Con ellas conecté profundamente con la vida, la espiritualidad, el compromiso y la misión. Realicé mi formación en distintos lugares donde estamos presentes como congregación, tanto en Chile como en Venezuela.

 

Actualmente estoy en Melipilla y trabajo en el Colegio Nuestra Señora del Carmen, donde junto a un equipo, acompaño en la pastoral, soy parte del equipo directivo y coordinadora de la comunidad. En esta realidad donde yo acompaño, me siento animada, motivada, haciendo una presencia significativa con la escucha y estando presente para ser un signo visible de mi consagración. Me motiva ser una religiosa enamorada del Reino en estos tiempos tan complejos, ya sea escuchando a un joven o interactuando en la dinámica con los apoderados y familias en sentido amplio.

 

En lo cotidiano, me siento desafiada e invitada a seguir construyendo el Reino solo con mi presencia, mi acompañamiento, con mis gestos, y con mis palabras. En todo trato de transmitir el Dios de la vida. Es verdad que en estos momentos no somos tantos, pero la presencia tiene que ser de calidad, que transmitan esperanza.

 

Mi caminar se fortalece en la oración, en sentirme enviada desde la comunidad y en la Eucaristía. Todo eso va consolidando mi vocación cada día. También con la fragilidad de reconocer si a veces no hago bien las cosas, tener la capacidad de admitir que me equivoqué y volver a intentarlo, procurando ser humilde y sencilla.

 

Como decía Santa Joaquina de Vedruna, “la alegría es la principal virtud”, y yo la trato de vivirla con profundidad y esperanza, dando siempre lo mejor de mí.

 

Animo a los jóvenes a que apuesten por la vida religiosa, que se lo cuestionen, que respondan con gratuidad, con generosidad. Hay mucho por construir y hacer junto a otros.

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