SOLIDARIDAD QUE CUIDA: VOCES Y VIVENCIAS EN HOGARES

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En el contexto del Mes de la Solidaridad, quisimos acercarnos a una realidad que muchas veces permanece silenciosa:
la vida al interior de los hogares de adultos mayores del Obispado de Melipilla. ¿Cómo se vive el cuidado? Desde la mirada de quienes dirigen estos hogares, pasando por los testimonios de adultos mayores que hoy los habitan, hasta las experiencias
de familiares que han debido tomar decisiones difíciles por amor, este reportaje recoge historias reales, llenas de humanidad, fe y esperanza.

Hogar Divina Providencia: un trabajo hecho con amor que transforma vidas
En el corazón de Llolleo, en la comuna de San Antonio, el Hogar Divina Providencia acoge con cariño, dignidad y respeto a decenas de adultos mayores. Desde allí, su directora, Bárbara Rioseco, nos compartió una mirada profunda y esperanzadora sobre lo que significa trabajar al servicio de los más grandes.

“Creo que es un trabajo muy bello, muy enriquecedor”, comenzó diciendo. Y es que, más allá de las labores cotidianas, en este hogar se vive una verdadera vocación: acompañar y cuidar con amor.
“La base tiene que ser el cariño, el respeto, el amor… porque es lo que nos permite cumplir el objetivo diario, que es entregar una atención digna y de calidad, y suplir las necesidades que tienen los residentes”.
Para Bárbara, el mayor impacto del hogar es acompañar a los adultos mayores en esta última etapa de su vida. “Hacer que no se sientan solos, que se sientan ligados a la fe, que reciban cariño y compartan con otros como parte de una comunidad”.
Junto al acompañamiento, también hay importantes necesidades materiales. Aunque la Fundación se esfuerza por entregar una atención integral —con médicos, enfermeros, nutricionista, kinesiólogo, talleres y actividades—, los recursos no siempre alcanzan.

“Esto requiere apoyo. Por eso estamos activamente realizando campañas e invitando a la comunidad a participar. A veces no es solo dinero: se puede colaborar con alimentos, compañía, actividades o simplemente estando”.

Afortunadamente, el hogar cuenta con una red de apoyo cada vez más sólida. “Hemos sentido que ese sentimiento de abandono ha ido desapareciendo. Recibimos apoyo constante de la municipalidad, colegios, parroquias y organizaciones gremiales”.

“Aquí encontré paz, fe y compañía”: el testimonio de Eliana en la Residencia Divina Providencia de Llolleo
Eliana Vizcaya tiene 78 años y vive hace casi seis años en la Residencia Divina Providencia de Llolleo. Su testimonio es una ventana sincera al camino que muchos adultos mayores recorren cuando deben dejar atrás la vida independiente.
“Llegué aquí porque estaba enferma, vivía sola y me daban crisis de pánico. Fue muy difícil al principio. Solo quería arrancarme”, recuerda. Su situación cambió gracias a. los cuidados recibidos: medicamentos a la hora, seguimiento neurológico y un equipo humano atento.

“Gracias a Dios y al cariño que me ofrecen, especialmente mi hijo que nunca me ha dejado sola, me fui mejorando de a poco. Hoy estoy bien”. Eliana destaca el apoyo emocional que recibió, especialmente de una cuidadora llamada Danielita, y de Clarita, una amiga muy espiritual que la acompañó en sus primeros años. “Me ayudó mucho”. Hoy es ella quien acompaña a otros. Cada tarde visita a una amiga enferma, le conversa, la anima.

“Es importante tener a alguien. Ya he perdido dos amigas que quise mucho. Compartíamos jugando dominó, viendo películas. Ahora me toca a mí acompañar”. Su día también está lleno de pequeños gestos solidarios. Por ejemplo, prepara paquetes
de guantes para el personal de cuidados. “Organizo de a ocho guantes, para que estén listos para los turnos. Me entretengo y siento que ayudo”.

Una casa grande que se cuida con el corazón
Ingrid Berríos es contador auditor de profesión y, hasta hace poco, su vida giraba en torno al mundo del retail. Todo cambió cuando llegó al Hogar San Francisco de El Monte, donde hoy se desempeña como Directora Administrativa. Lo que comenzó
como un cambio profesional se transformó en una experiencia profundamente humana. “No tienes días con tiempo muerto. Acá trabajas desde que llegas hasta que te vas”, comentó. Ese ritmo exigente, sin embargo, tiene su recompensa. Ingrid valora la cercanía con los residentes, el poder acompañarlos y brindarles, desde su rol, bienestar
y dignidad. “Hay muchos que tienen familia, pero yo creo que me ven más a mí que a ellos, porque no los visitan todos los días”, afirmó.

Desde su mirada, llegar del mundo empresarial a un hogar de adultos mayores le enseñó otra forma de medir el impacto del trabajo: no en cifras, sino en sonrisas, rutinas compartidas y en la certeza de estar construyendo un lugar digno y lleno de humanidad.

El testimonio de “Toñita” en el Hogar San Francisco de El Monte
Antonieta Droguett, conocida por todos como “Toñita”, tiene 88 años y es abuela de cuatro nietos, a quienes describe como “maravillosos”. Durante años vivió sola en un departamento frente al Parque Bustamante, en Santiago. “Era precioso”, recuerda. Desde su ventana saludaba a la Virgen del Cerro San Cristóbal cada mañana, con la cordillera de fondo y una oración.

Sin embargo, tras una grave enfermedad que la dejó hospitalizada más de un mes, su vida cambió por completo. Recibió la extremaunción, y su hijo decidió que no podía seguir sola. Primero la llevó a un hogar en Peñaflor, pero no logró adaptarse.
“Compartía el dormitorio con tres personas más y nunca me acostumbré”.

Después vivió un tiempo con su hijo en La Palma, pero por sus horarios laborales, finalmente optaron por el Hogar San Francisco de El Monte. “El comienzo fue muy difícil”, reconoció. “Es un cambio muy grande”. Con el tiempo,
sin embargo, fue encontrando paz.

“Hoy en día estoy feliz. Lo mejor de aquí es el personal. Hasta las cocineras se preocupan. Como no me gusta la betarraga, me preparan ensaladitas de lechuga. Ya saben lo que me gusta”.

Aunque participa poco con otros residentes, debido a sus condiciones físicas o mentales, se suma a las actividades dos veces por semana: ejercicios, dinámicas, y hasta preparación de tortitas. “Tenemos bastante actividad”, destacó. Su fe sigue siendo un pilar. “Me interesa mucho la Misa. Ojalá fuera al menos una vez por semana, pero a veces cuesta que venga un sacerdote”. Aun así, valora que el hogar tenga capilla y que, cuando hay Eucaristía, siempre participa.

“Mi papá quiso buscar un lugar donde lo atendieran bien”
Miriam Catalán Osorio tiene 49 años y vive en San Antonio. Es trabajadora independiente y la única mujer entre tres hermanos. Desde que su madre falleció en julio de 2020, su familia se reorganizó para acompañar a su padre, diagnosticado con Parkinson en 2018.

“Él no quería irse con ninguno de nosotros, y para nosotros era difícil trasladarnos. Comenzamos a turnarnos para cuidarlo, y luego contratamos a una señora para las noches porque no dormía bien”, contó. El tiempo pasó y su padre sufrió un accidente isquémico transitorio. El diagnóstico fue claro: podía repetirse y no podía estar solo.
“Hicimos cuentas y no alcanzaba para contratar tres turnos de cuidadoras. Queríamos que estuviera bien, pero no obligarlo. Hasta que él nos pidió que le buscáramos un lugar”.

Así comenzó la búsqueda. Estuvo primero en otra residencia de San Antonio, pero no logró adaptarse. Luego postularon a la Residencia Divina Providencia de Llolleo, donde la experiencia fue completamente distinta. “La postulación fue rápida. Como ya había estado en otro lugar, notamos mucho la diferencia”.

Para Miriam, ver a su padre así le da tranquilidad. “Recibe las atenciones que necesita. No solo duerme y come, también hace ejercicios, conversa con terapeutas… cosas que en casa no sabríamos hacer”.
Aunque no se considera religiosa, Miriam reconoce algo especial en la residencia: “Siento que los cuidados que recibe tienen que ver con ese amor al prójimo. Con tratar al otro como me gustaría que me trataran a mí. No es una atención comercial
solamente”.

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