UN LLAMADO DESDE EL CORAZÓN: LA ENTREGA SILENCIOSA DE SUSANA ROBLEDO EN CARTAGENA

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En la comunidad de la Parroquia Virgen Medianera de Cartagena hay rostros que no suelen ocupar los primeros lugares, pero que sostienen con fuerza y amor gran parte de la vida parroquial. Uno de ellos es el de Susana Robledo, quien desde hace años dedica su tiempo, energía y corazón al servicio de los más necesitados.

Dueña de casa, madre de tres hijos y orgullosa abuela de cinco nietos, Susana vive en Cartagena junto a una de sus hijas. Su historia está marcada por el compromiso con el prójimo, especialmente con los adultos mayores que viven en condiciones de
vulnerabilidad. Es la encargada de la ayuda fraterna de su parroquia, una labor que realiza desde hace varios años con un amor que conmueve.

El voluntariado que lidera incluye la entrega de almuerzos, ropa y pequeñas bolsas de mercadería cada quince días. Lo hacen con frecuencia —dos o tres veces por semana— gracias al trabajo conjunto con otros grupos pastorales. “Mi rutina es sacar ropa, revisar, preparar y entregar… y aunque mi salud no ha estado muy bien últimamente, tengo fe en que saldré adelante para seguir haciendo esto que tanto me llena el alma”, confiesa.

Susana no solo entrega alimentos: entrega compañía, cariño y tiempo. En su relato destaca cómo, tras una experiencia difícil en la que fueron maltratados por algunas personas en situación de calle, decidieron cambiar la modalidad de entrega. Hoy, los
almuerzos no se reparten en la plaza ni en la parroquia, sino que se llevan directamente a las casas de quienes los necesitan. “Muchos son abuelitos solos, postrados, con niños… a veces nos quedamos conversando, ayudamos a limpiar el patio. Lo que haga falta”. Una de las historias que más la ha marcado es la de una abuelita que vivía sola con su hijo, quien dependía de oxígeno. “Él falleció en la casa, y ella quedó completamente sola. Fue muy duro. Era tan agradecida, tan cariñosa. La queríamos mucho”. Este tipo de vivencias, lejos de abatirla, fortalecen su fe y su compromiso.

Para Susana, el voluntariado es más que una tarea: “Me hace sentir bien con Dios. Me llena. Me da alegría, esperanza, tranquilidad. La fe es lo más importante. Sin fe no somos nada”. Y es justamente en la pobreza, en la soledad y en la necesidad del otro donde ella dice ver a Dios. “A veces los abuelitos nos dan lecciones. Uno se da cuenta de que se hace problemas por tonteras, cuando hay gente que sufre de verdad y aún así sonríe y agradece”.

A pesar de las dificultades, Susana sigue soñando. Sueña con que más personas se involucren, especialmente jóvenes. Lamenta que, con los años, muchas personas hayan dejado de participar por razones de salud o edad. “Nos falta gente. Nos falta corazón dispuesto. Antes éramos muchos, hacíamos todo en comunidad. Hoy somos los menos”.

Cada grupo pastoral se hace cargo de un almuerzo a la semana. El pan lo dona una panadería, los postres una profesora voluntaria. Ella, como encargada, coordina, reparte y anima. “Lo hacemos con cariño, con mucho amor por nuestro prójimo”.

Antes de despedirse, deja una invitación clara y directa: “Que más gente se involucre. Que lo hagan de corazón. Que entiendan lo lindo que es ayudar a otro. Que se sumen con esperanza y con fe. Porque este trabajo es hermoso. Porque todavía hay muchos abuelitos que necesitan de nosotros”.

 

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